Riqueza 2.5

17 agosto 2009

Transporte Público no eficiente

Archivado en: Energía — Francisco @ 16:18

   Después de sufrir uno de los peores días de tráfico de mi vida, de sufrir también un alucinante retraso en los autobuses públicos, y en perder más de media hora intentando aparcar el coche (todo el mismo día) quería hacer un alegato contra el modelo de transporte público que tenemos.

   Antes de que alguien con corazón y mente liberales (no confundir con libres), se frote las manos pensando que pienso criticar el transporte público ya le advierto que no. No vaya a ser que se haga ilusiones y éstas luego se vean truncadas.

   El hecho de estar equivocados no implica que no tengamos que pensar también en su bienestar, es lo bueno que tiene la solidaridad y el Estado.

   Así que no os preocupéis, si queréis leerlo, amigos neoconservadores, seguro que lo encontráis interesante, cuando menos, para compararlo con vuestras recetas y quizás de compartir ideas y modelos encontremos un camino intermedio como contraposición a los extremos. Extremos a los que, por desgracia, el liberalismo tiende como ideología con demasiada frecuencia para su propio bien.

  Disculpadme este paréntesis obligado por cuanto es imprescindible no defraudar las expectativas de nadie. Si has leído hasta aquí es que, o bien te interesa el transporte público porque crees que puede ser una solución (una más) a problemas del mundo como la contaminación, la escasez energética, conciliación de la vida familiar, tiempo de ocio, etc.

   O quizás no, nunca se sabe, espero convencerte de lo contrario, aunque no albergo muchas esperanzas, pero no me culparás si lo intento.

   Antes de comenzar, os ruego un poco más de paciencia, porque querría aclarar uno de los términos que voy a utilizar. Con transporte público me refiero al transporte colectivo, no exclusivamente al transporte de propiedades estatal o pública, sino que también incluyo a las empresa de transporte privadas.

   Y es que los problemas de transporte dentro de nuestras ciudades son cada día más acuciantes.

   Retrasos para llegar al trabajo, madrugones para llevar al niño al colegio, atascos y caravanas a cualquier hora, obras, precios de la gasolina altísimos, etc.

   Muchos ciudadanos se encuentran cada día con más problemas para poder realizar tareas antes comunes y habituales, y hoy en día, toda una aventura causante de nervios, estrés y accidentes. Toda una fuente de causas de depresión que agrava la ya delicada situación de los hogares creando una especie de cuello de botella y una sensación de ahogo, de prisas, que cada día nos es más común a muchos.

   Nuestros gobiernos locales, sean del color que sean, parecen menospreciar la importancia del transporte público como elemento de unión, como nexo, de los ciudadanos con los diferentes puntos en los que transcurren sus vidas. Trabajo, casa, más familia, centros comerciales, centros de ocio (ahora que se nos ha impuesto un modelo de grandes empresas que controlan el ocio y las compras en las afueras de las ciudades).

   Gastarse miles de millones en obras faraónicas no ha resuelto el problema. Y, en mi opinión, no lo ha resuelto porque desde el poder público se ve el transporte público (valga la redundancia) como un elemento ineficiente al que hay que sacar toda la eficiencia posible, en dinero, y en votos.

   Se ven las obras de metro, de estaciones, de terminales, de parkings, como una fuente par aganar votos, y no como un elemento que debe ser pensado y repensado para ayudar al ciudadano.

   De hacerlo, quizás se darían cuenta que la mejor forma de tener alternativas de transporte público que funcionasen de verdad como una alternativa al transporte privado es invertir dinero, no sólo en infraestructuras, sino en los mismos vehículos de transporte y en el persona que los conduce.

   El modelo privado, semi-privado y a veces público que nuestros gestores manejan (sobre todo en Madrid, pero también en otras ciudades) que se está utilizando, crea paradojas como el que a pesar de los miles de millones invertís en abrir nuevas estaciones de metro se reduzca el dinero destinado a mantenimiento.

   Que los horarios de autobuses sean claramente insuficientes (con ciudades donde la población ha crecido un 20% en los últimos años y que mantiene la misma frecuencia), que el metro sur, o el metro ligero, sean unas obras  que suponen una fuente de pérdidas que se intentan enjugar empeorando los servicios que ofrecen u ofrecerán.

   Porque detrás de cada responsable de transporte hay un peso sobre su cabeza llamado eficiencia.

   El transporte público es visto como una fuente de gasto, y por lo tanto, debe mejorarse para reducir pérdidas. Menos frecuencia, menos salario para los conductores, menos formación, menos seguridad.

   Al menos en Madrid, ese es el modelo de explotación.

   Se venden los kilómetros ampliados de la misma forma que se venden los nuevos centros sanitarios semiprivados, en anuncios de televisión y televisiones pagadas con dinero público que muchas veces superan el coste del servicio que nos “venden”.

   Y la culpa no es del sector público, que derrocha. La culpa de este modelo la tiene el mismo paradigma liberal que se intenta imponer incluso en el sector del transporte público.

   Y es que, como en muchas cosas, el transporte público no debe ser eficiente. Ni siquiera dar beneficios económicos, mientras los de sociales.

    A largo plazo, los beneficios sociales devendrán en ingresos, pero hasta entonces, los ayuntamientos y comunidades autónomas deben entender que hay que gastar para crear un sistema de transporte público creíble y que suponga una competencia para el transporte individual (es decir, los automóviles).

   Se pueden plantear toda una serie de medidas como restringir el tráfico en el centro de las ciudades, tasas y demás, pero la única solución pasa por crear un sistema de transporte no eficiente, sino eficaz.

   Un sistema en el que no haya que esperar 25 minutos un autobús  para ir a zonas poco transitadas, ni aguantar media hora en el andén si pierdes un tren, ni tener que hacer cuatro o cinco trasbordos para llegar a tu trabajo, ni tener que estar pendiente de la hora por si pierdes “el último”, o pasar frío esperando el “primer tren”. O ir apretados como latas de sardinas en autobús, metro o tren.

   Tendremos que afrontar aumentos en la frecuencia de trenes y autobuses. Mayor coste de salarios y de equipos. Este coste lo tendremos que pagar todos, asumámoslo, pero el coste será mucho menor que las obras faraónicas a las que estamos acostumbrados, y mucho más eficiente y eficaz.

   Bueno, el único problema en Madrid es que el alcalde y la presidenta de la comunidad han dejado las arcas bastante tocadas para las siguientes dos décadas, vamos, un poquito en bancarrota.

   Los madrileños tendremos que arreglarlo, claro, pero otras ciudades están en mejor situación de partida para poner en práctica esto.

   Eso sí. Si de verdad queremos tener un transporte colectivo, público, eficaz, no vamos a conseguirlo de la noche a la mañana. Es evidente que hay que intentar mejorar los costes por kilómetro sin descuidar la seguridad, y evitar despilfarros innecesarios, pero debemos asumir que los ciudadanos no vamos a tragarnos que ningún ayuntamiento o gobierno apuesta por el transporte público cuando llevan décadas vendiéndonos lo mismo.

   Muchos seguirán cogiendo el coche para ir al centro, o al trabajo, y los atascos seguirán al principio.

   Pero poco a poco irá calando entre la ciudadanía la comodidad, rapidez y versatilidad de un sistema de transporte diseñado con duplicidades y redundancias que no son eficientes, pero sí lo suficientemente cómodas para que la diferencia entre ir en coche o en tren a trabajar no sea tan abrumadora.

   Al final, se reducirá el tráfico, mejorará la circulación, bajará la contaminación y el consumo energético, y todos seremos mucho más felices.

Energía, la nueva revolución P2P y generación ecológica

Archivado en: Energía,Medio Ambiente,Prosumismo — Francisco @ 16:10

   Nadie duda, en estos tiempos de cambio y de subidas en los precios de la energía, que el suministro y la generación eléctricos son uno de los pilares básicos que marcarán nuestras sociedades en los próximos años.

   Quizás por ello hemos escogido este artículo como uno de los primeros para inaugurar este portal.

   El planteamiento energético de una ciudad será, en los próximos años, tan importante como el urbanismo o el empleo en la misma.

   En un mundo nuevo, cambiante, donde la medida de nuestros logros se va a ver limitada únicamente por tres factores, la disposición de energía, el talento humano y la capacidad de computación, garantizar el suministro de todos ellos a nuestra ciudad debe ser prioritario.

El escenario actual

   Hoy día, la generación y distribución de energía está lejos de ser la óptima para la ciudad y sus habitantes.

   Nadie duda ya del cambio climático (excepto unos cuantos mercenarios pagados para ello) que las emisiones de CO2 y metano están causando. Tampoco que los habitantes de las ciudades son, directa o indirectamente responsables de gran parte de estas emisiones.

   Son los receptores de inmensas cantidades de energía, los consumidores de productos, viviendas y bienes que agotan los recursos energéticos al tiempo que emiten millones de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmósfera. Es el transporte urbano (o interurbano) una de las actividades más contaminantes del ser humano, y el crecimiento de las ciudades amenaza tierras de cultivo y bosques por igual.

   En este escenario, que dista mucho de ser ideal, la concepción de un nuevo modelo de ciudad pasa por una serie de medidas y rediseños que afectan directamente a la energía.

Un sistema de generación renovable y limpio.

   Una de las principales medidas que se pueden tomar para mejorar la eficiencia energética es favorecer e impulsar el reciclaje. Sin embargo, si nos lo permiten, dejaremos este tema para otra ocasión, y nos centraremos en la generación y en la distribución.

   Es importante decir, a la hora de diseñar el sistema energético de una nueva ciudad qué tipo de generación queremos.  Queda patente que el actual no es sostenible, y cualquier diseño que se haga basado en él quedará obsoleto en pocos años, y comprometerá el desarrollo futuro, así como grandes inversiones de adaptación.

   Es importante en este caso, y hasta que se decida globalmente qué camino debe seguir el ser humano para reducir las emisiones, que ninguna nueva posibilidad se deje de lado.

   Por ese motivo, una ciudad que se base en las premisas de libertad, igualdad de oportunidades, crecimiento sostenible y que pretenda, como es el caso, dar el mayor número de oportunidades a sus ciudadanos para ser felices, debe contar con métodos de generación que la haga, si no completamente, al menos sí parcialmente autónoma.

   Eso no significa que se deba buscar la autarquía energética  a toda costa, pero sí que deben incluirse en la ciudad elementos de eficiencia energética, generación individual e intercambio de energía que conviertan a cada familia, hogar u oficina, en un centro de producción e intercambio además de en lugares de consumo.

   Redes P2P de energía

   Todo el mundo parece estar de acuerdo en la revolución que las redes P2P suponen en la actualidad. Para bien o para mal, según a quién se pregunte. Pero nadie que la conozca puede negar que su potencia como distribuidor de contenidos está revolucionando el mundo.

   Con la tecnología actual es fácil especular que, en un par de años, sería posible crear una red de intercambio de energía que cubriese toda la ciudad, usando las actuales líneas eléctricas, y en la que cada ciudadano pudiese vender o comprar la energía excedente en su propia casa o vehículo.

   Este sistema cuenta con la inmensa ventaja de que, al contrario que las redes P2P informáticas, en la energética el usuario intercambiaría algo que ha producido el mismo, por lo que no habría ninguna restricción moral o legal para ello.

   La amenaza para las empresas generadoras y distribuidoras actuales es evidente. Si cada uno puede producir en su propia casa un 25% ó un 40% de la energía que consume anualmente, el negocio de estas empresas se verá gravemente afectado.

   Desde luego podrían conseguir beneficios d la gestión y mantenimiento de esta red, pero no serán tan grandes como los que obtienen ahora de la generación y suministro.

   Ese es uno de los principales escoyos a la hora de diseñar un sistema energético para una ciudad más libre.

   La generación ecológica

   Sin embargo, no es el único. La dificultad actual para disponer de sistemas de obleas o placas solares, molinos eólicos u otras fuentes de energía alternativas tampoco son un problema menor.

   El coste de una instalación solar puede variar de una decena a varias decenas de miles de euros. Y el mantenimiento sigue siendo todavía bastante costoso.

   Así mismo, una de las excusas que suele citarse a la hora de criticar las energías alternativas, quizás la principal, es que su capacidad depende demasiado de factores naturales que no están siempre presentes, como el viento y el sol.

   Sin embargo, con una racional combinación de todas ellas, y sistemas de ahorro y eficiencia energéticos, sólo en los hogares se podría generar un 30% de la energía que consumen.

   No se trata, como hemos dicho, de conseguir la autarquía económica, sino de reducir la dependencia de los ciudadanos respecto a la energía de fuera, al tiempo que reducimos las emisiones de dióxido de carbono y mantenemos un crecimiento económico sostenible.

   Evidentemente, los cambios iniciados en la ciudad no bastarán para solucionar el cambio climático, pero pueden ser unidos a transformaciones similares en los huertos solares, los parques eólicos, y las pequeñas centrales de biomasa que aprovechen los recursos del bosque al tiempo que permiten su mejor conservación. La combinación de todos estos factores reducirá mucho la dependencia de una ciudad respecto a sistemas de generación eléctrica contaminantes, y permitirá dar un paso más hacia un modelo menos centralizado, y por lo tanto más libre para el ciudadano, de aprovechamiento de la energía.

   El papel de ayuntamientos y las administraciones

   La mayoría de los expertos en política energética coinciden en que estos cambios no se producirán con la rapidez suficiente si no se produce un impulso de las administraciones públicas, estados nacionales y organismos internacionales.

   En nuestra ciudad, es importante que tanto ayuntamiento, como organismos estatales superiores, promuevan la adopción de medidas de eficiencia energética, apero también la instalación de paneles solares no sólo en los edificios de nueva construcción, sino también en los de segunda mano.

   El papel del Estado es imprescindible, pues las empresas eléctricas jamás van a permitir que la generación de energía, y la distribución, recaiga en manos de los ciudadanos, terminando de facto con su monopolio.

   Es a los ciudadanos y a sus representantes a quienes corresponde presionar por un cambio que permita que una ciudad reduzca un 30 ó 40% sus emisiones de CO2, al tiempo que mantiene un compromiso firme con el crecimiento y la creación de riqueza que permitan el objetivo final marcado. Que es, ni más ni menos, que hacer al ciudadano de la misma realmente libre.

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