Leo en Actualidad Económica un artículo sobre los killer bosses, los llamados jefes tóxicos que tanto daño hacen a las empresas.
Durante mis muchos años de experiencia en diferentes empresas y trabajando en diferentes modelos de negocio, he tenido la oportunidad de trabajar junto a diferentes tipos de gente.
Los ha habido geniales, buena gente, manipuladores, inteligentísimos, trabajadores, aprovechados, eficientes y por supuesto, tóxicos.
Hoy quiero incidir en el daño que este último tipo de dirección hace a las empresas, y a los objetivos económicos de las mismas.
Normalmente cuando hablo de jefes tóxicos, y es mi definición personal, ojo, no hablo de jefes demasiado exigentes en lo laboral. Es cierto que estos jefes pueden llegar a agotar a los empleados, y poseen su propio peligro, pero si son buenos motivadores, suelen compensar la experiencia de trabajar con ellos con otro tipo de cualidades que enriquecen la relación laboral. Si no, corren el riesgo de convertiorse en jefes tóxicos.
Un superior tóxico es aquel que exige, sin dar ejemplo, y que muchas veces cae en lo personal cuando gestiona su equipo y sus relaciones y las de su departamento con el resto de la empresa.
Un jefe tóxico es el que continuamente exige una implicación a sus empleados, sin la capacidad para motivarlos. Muy al contrario, suelen ser los mejores desmotivadores, llegando incluso a provocar la salida de los empleados más valiosos de sus departamentos.
Una gran frase cuyo creador no recuerdo es: Los empleados no huyen de las empresas, huyen de sus jefes.
Y ese es uno de los principales peligros de los jefes tóxicos, la pérdida del mayor activo de las empresas, el conocimiento de los trabajadores más valiosos, y la reducción de la motivación en el resto de los trabajadores.
Cuando más se esfuerza la empresa por implicar a los trabajadores, por comprometerlos con los objetivos de la compañía, más obliga la presión del jefe tóxico a escaparse de ese ecosistema viciado que ha creado.
Así, incluso los trabajadores más comprometidos, terminan por padecer el síntoma del burn out destruyendo la productividad de la empresa. Lo he visto inumerables veces, y la solución siempre es fácil, la salida de ese directivo o mando intermedio de la empresa, pues lo que nunca he visto es que este tipo de jefe cambie.
Los problemas que los jefes tóxicos pueden causar en las empresas van más allá de la destrucción del espíritu de equipo y el descenso de la productividad de su departamento.
Generalmente extienden esta mala influencia a otros departamentos, enrareciendo el clima de la empresa, y creando fallos sistémicos que siempre achacan a otros.
Así, lo que debería ser un sistema bien engrasado que funciona como un reloj suizo, lo que tenemos es un conjunto desdentado de piezas que chirrían unas contra otras, y que se han ido rompiendo al encontrarse con él.
Es complicado encauzar esta situación cuando está ya muy avanzada, pero es posible, con el compromiso de todas las partes, y con una política audaz que escuche a los empleados y compagine sus intereses con los intereses de la empresa.
Y eso pasa, siempre, por mejorar el compromiso de los empleados, eliminando, si fuese necesario, los obstáculos que hubiese en el camino de la recuperación del espíritu de equipo.